Desde que existe como industria, Hollywood siempre ha vendido evasión, es lo que le da dinero, el repetir un producto que sabe que le funciona, pues, sin beneficios económicos, hace tiempo que habría dejado de existir. Ese es el principio y fin del negocio; y cuando no funciona se introducen cambios, aunque sean mínimos, para que todo siga igual, es decir, generando beneficios. Es el cambio para que nada cambie, tal como lo asumía el protagonista de El gatopardo. La segunda mitad de los años 70, del siglo XX, anunciaba una nueva época para la comedia cinematográfica hecha en Hollywood, aunque no tan radical como había sucedido en la transición del silente al sonoro o de la screwball comedy a la comedia de la posguerra. Uno de los personajes de Dulce libertad (Sweet Liberty, Alan Alda, 1985), el interpretado por Saul Rubinek, señala que el cine de su época ha de presentar tres cosas para ser un éxito de taquilla. Sabe que cualquier productor, director y compañía cinematográfica que juegue dentro de la industria hollywoodiense busca invertir en producciones que contengan en su imágenes: rebeldía, destrozo de la propiedad y despelote (o insinuación de sexo) —el único de los ingredientes que, debido a la censura, no se encuentra visible en la comedia anterior y posterior al código Hays—. Son, en definitiva, la trinidad que se impone hacia finales de la década de 1970 y que ya da sustancia insípida a Desmadre a la americana (National Lampoon’s Animal House, John Landis, 1978), cuyo origen se puede rastrear en la serie “National Lampoom” de la que Bill Murray formó parte entre 1973 y 1974. Un año después de la película de Landis, esa ya omnipresente trinidad da forma a Los incorregibles albóndigas (Meatballs, 1979), un nuevo éxito de taquilla que apostaba por infantilizar la comedia haciendo pasar una historia de siempre por novedad irreverente. Aunque lo pretenda, la propuesta de Ivan Reitman, en esta película canadiense que le abrió las puertas de Hollywood, no es rebelde, tan solo lo presume porque emplea un humor que se ajustaba a la perfección a las expectativas de la industria y a las exigencias de su público. Aparte de conformista, de seguir la moda que se estaba imponiendo —pues ¿qué duda cabe de que toda moda se propaga e impone?—, no encontré ni antes ni ahora diversión en esta comedia, tampoco evasión, tal vez porque mis vacaciones veraniegas las pasaba en la playa…
Guardo mejor recuerdo de su siguiente película, El pelotón chiflado (Stripes, 1981), que partía de una (ausencia de) rebeldía similar y también contaba con Bill Murray, que había alcanzado popularidad en National Lampoon y del Saturday Night Live, los dos programas de televisión que marcaron el devenir del cine cómico. Ambos títulos de Reitman, unidos a su Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), que de nuevo contó con Murray entre los principales papeles, señalan a las claras por dónde iba la comedia hecha en Hollywood; si a esta se le suma la propuesta de Harold Ramis, uno de los guionistas de Los albóndigas, en El club de los chalados (Caddyshack, 1980), se comprende por dónde iban los tiros. Este tipo de comedia se basaba en la idea de rebeldía, aunque fuese de postín y de “postureo”, de sus protagonistas, como si estos fuesen agentes del caos que luchan contra el orden que se les impone, el que ha alienado al resto. Solo ellos, en el caso de los albóndigas Tripper (Bill Murray), pueden romper las cadenas y, para ello, emplean el chiste fácil y la supuesta gamberrada, ese tan querido caca-culo… que se repetiría a lo largo de la década de 1980, y siguientes, en films como El pelotón chiflado, Porky’s (Bob Clark, 1981), Loca academia de policía (Police Academy, Hugh Wilson, 1984) y un largo etcétera que, visto en la distancia, corroboraba el paso a un “nuevo” modo de hacer reír en el cine, basado en la supuesta burla al orden que en Los albóndigas representa Morty, un orden que ha llevado también al distanciamiento entre padres e hijos, debido a que el alimentar el sistema exige a los primeros dedicación plena al negocio, a conseguir y gastar dinero. Se relega a un plano secundario el pasar un tiempo con esos niños que sus mayores envían todo el verano de acampada; como si antes las relaciones paterno-filiales fuesen más cercanas, lo cual tampoco sería cierto…
El humor de una película como la de Reitman, carece de la ironía y de la elegancia de un tipo Sturges, tampoco alcanza un tono satírico que pueda reflejar un Wilder, ni conecta con el lenguaje de la calle, pues parece evidente que el cine y los mass media son los agentes que imponen las expresiones que se “viralizan”, sino que cae en la sucesión de chistes y situaciones que no dan para más, aunque haya quien vio en esta comedia un desarrollo emocional sincero en la relación de Rudy (Chris Mekapeace), el niño triste, desarraigado, el que sufre la separación de su hogar y de su familia, quien no encuentra su lugar, pero de quien sabemos que se integrará y se convertirá en héroe (cuando gana la carrera que da la victoria al campamento que poco antes proclama que ganar no importa; mas aquí Reitman se contradice, al aceptar que solo el éxito sitúa a su personaje), y Tripper, que se erige en un sentido terapeuta, mentor y maestro. Pero no deja de ser una relación prefabricada, en busca de la superación y la victoria, la que posibilita el tono emocional y sensible(ro); aunque dudo que Reitman busque la catarsis, porque no hay tragedia para que aquella se dé. Tampoco veo democratización de la comedia, solo popularización, estandarización y propagación de un producto de consumo en el que ahora asoma un “nuevo” tipo de héroe: el pasota al que da vida Murray, aunque de nada pase, pues se erige en líder chistoso, romántico, cariñoso y la figura de autoridad en la que el resto se mira y busca aprobación. Mas no lo veo novedoso, menos si cabe en su vertiente emocional, si pienso que mucho antes empatizaron con niños “perdidos” y establecieron una relación emocional los personajes de Edward G. Robinson en Sammy huida hacia el sur (Sammy Going South, Alexander Mackendrick, 1963) y el de Anthony Quinn en Viento en las velas (High Wind in Jamaica, Alexander Mackendrick, 1965), por citar dos ejemplos de antihéroes marginales que se erigen en referencias para los pequeños que se encuentran en el camino. Otro modelo protector, ya dentro de la comedia, sería el del chofer en Las joyas de la familia (The Family Jewels, Jerry Lewis, 1965); mismamente, Mary Poppins en la fantasía Disney, ahora que lo pienso, o ya en el cine basado en hechos reales, la Ann Sullivan a quien dio vida Anne Bancroft.
Los diálogos chispeantes que llenaban las comedias de Billy Wilder y Preston Sturges, o el chiste visual de Frank Tashlin, pasan a mejor vida, no por que cambien los tiempos, sino porque cambian los jugadores. ¿Quién de su época, salvo el propio Sturges, mantenía el listón de Sturges en la comedia hollywoodiense de la primera mitad de los años 40? Pero el lugar vacante lo ocupó la inmediatez, el “no perdamos el tiempo ni el presupuesto el sutilezas”. Pues “vayamos al grano y busquemos el humor, más vulgar que gamberreo, y hagamos reír a toda costa”, algo así como recuperar el golpe y porrazo del slapstick pero sin su novedad, su velocidad y su ingenio a la hora de resolver cinematográficamente cualquier situación en la que se vean apurados sus personajes. Ahora el lucimiento es para un grupo de supuestos outsiders —como si los personajes de Chaplin, Keaton, Lloyd o Lauren y Hardy no lo hubieran sido antes— que reivindican su lugar en el nuevo Estados Unidos, el que surge tras el fin del “sueño americano”. Ahora, en la comedia, desde siempre un género para la evasión que se ha dado desde el origen del cine y de las artes escenificas, llegaba el tiempo de los Reitman, Landis, los hermanos Zucker, Jim Abrahams... y la “elaborada” perdía su espacio —las comillas son porque las mejores películas de cualquier época son las menos, que son las que nos llegan a veces mitificadas por cuestiones que escapan a su calidad, tal como la nostalgia—, que era rellenado por el humor de los dos primeros o por la parodia del tercero responsable de Aterriza como puedas (Airplane, 1980), quizás uno de los “chistes fáciles” cinematográficos de los primeros 80 que más me gustó por aquella infancia ya lejana, cuando, igual que hoy y siempre, las empresas hollywoodienses no querían ni quieren complicarse los beneficios, de modo que, salvo alguna excepción, no se arriesgan con un producto que exija masticar y digerir; no querían, nunca lo han querido, pedir al público que ponga de su parte, salvo el asistir a las salas y consumir sus productos. Y la jugada ha salido bien, al menos desde una perspectiva exclusivamente económica desde la década de 1920, cuando se creó el sistema de estudios, hasta la actualidad; de ahí su la mayoría de las películas fuesen de consumo inmediato; solo las mejores y las más populares llegan hasta la actualidad. Volviendo a El gatopardo, Hollywood cambia para que nada cambie: hace pocas muy buenas, algunas populares, como esta de Reitman, y muchas del montón que ya han caído en el olvido…








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